La huelga minera

El tren de la mina El Cerrejón recorre 150 kilómetros a través de la llanura de La Guajira colombiana.

Por Blanca Diego

La mina de carbón a cielo abierto más grande de América Latina está en una esquina de Colombia, en una península de múltiples fronteras; en el territorio ancestral del pueblo wayuu.

El Cerrejón es una mina gigante, una operación descomunal que convierte a Colombia en el quinto exportador de carbón del mundo. También conocida como La Perla Negra, se presenta como un emblema de responsabilidad y progreso.

Una huelga de trabajadores, la segunda en la historia de La Mina, tuvo en vilo a la economía de la región a inicios de 2013.

La mina El Cerrejón se extiende 800 km2, ocupando Albania, Barrancas y Hatonuevo, tres municipios del sur de La Guajira, históricamente uno de los departamentos más empobrecidos de Colombia.

La huelga se inició el 7 de febrero 2013. La noticia corrió rápido desde La Guajira hasta Bogotá porque La Mina es, en palabras del gobierno, la locomotora minera del país. Según el sindicato, Sintracabón, la empresa Carbones de El Cerrejón Limited (perteneciente en tres partes iguales a BHP Billinton, Anglo American y Xstrata de Suiza) obtuvo, en 2011, utilidades netas por 1,3 billones de pesos “por lo que no habría resultado difícil firmar una convención que solo iba a representarle el 6,5% de sus ingresos”. 10.000 personas con empleo directo en la empresa estuvieron parados y, entre 30.000 y 50.000 empleos indirectos, según la empresa, estuvieron completa o parcialmente afectados.

Fue la huelga más larga que haya conocido La Guajira. Un mes después de ser declarada, las pérdidas ya ascendían, según El Cerrejón, a 129.000 millones de dólares. El objetivo era firmar una convención colectiva de trabajo. Sintracarbón afirma que el 10% de los trabajadores directos -la mayoría hombres- padece enfermedades como silicosis, fibrosis pulmonar y envenenamiento de la sangre con plomo; denuncia el aumento de contratación de personas a través de empresas contratistas, lo que abarata costes de operación y elimina derechos laborales. Por último, el sindicato rechaza los planes de Carbones de El Cerrejón Limited para desplazar a la población que vive en la reserva minera o en el área de influencia de la mina. Respecto a este último punto, la empresa aclara en un vídeo publicitario que el reasentamiento de las poblaciones que están en su área de trabajo es una opción “de último recurso”, el resultado de “evaluar las opciones posibles” para mantener a la comunidad donde está.

Gracias a la huelga, el público colombiano ha descubierto a un gigante minero que opera en la punta más septentrional de su país y del que apenas habían oído hablar. Tampoco se sabe mucho de La Guajira, un departamento exótico, tierra de contrabandistas, de playas en el mar Caribe y desiertos de una belleza de postal; pero definitivamente pobre y remoto. El pueblo wayuu es el otro gran desconocido.

Los datos saltaron. Por ejemplo, El Cerrejón es una empresa multinacional que obtiene ganancias multimillonarias con la exportación de carbón térmico de alto poder calorífico (bueno para las calefacciones de Europa y Estados Unidos). En 2012, mejoraron las expectativas de producción: extrajeron 34,6 millones de toneladas de las cuales exportaron 32,8. La reserva estimada es de 4.600 millones de toneladas aproximadamente y el gobierno renovó su licencia de explotación hasta 2032. Todo un mastodonte. Ya lo dice su publicidad comercial: Cuando mi papá entra en ese lugar se convierte en un enano que trabaja con gigantes.

La huelga en La Guajira ha saltado la espita de las críticas sobre el modelo de economía del país donde el gran puntal es la minería a gran escala. El gobierno ha declarado sin tapujos que lo beneficioso sigue siendo la extracción de los recursos naturales no renovables.

Para mediados de 2013 debería haberse aprobado un nuevo Código Minero Colombiano, pero el retraso hace pensar en lo difícil que debe ser tomar la decisión de quién se va a beneficiar de la explotación a gran escala de los recursos del país. Columnistas, economistas, políticos, y generadores de opinión han planteado, en debates de radio y tv nacionales y en periódicos locales de La Guajira, la pregunta hiriente: ¿Por qué las comunidades indígenas son un obstáculo para el desarrollo del país? En alusión a los retrasos en la realización de las consultas previas a comunidades y pueblos afectados por la mega minería.

Barrancas, ciudad minera de la Guajira colombiana.

La huelga en La Guajira y el nuevo código minero reabren un debate importante para Colombia y de vida o muerte para los pueblos indígenas, entre ellos el wayuu, heredero ancestral de los territorios de la península. Jaqueline Romero, del clan Epiayú y de la organización Fuerza de Mujeres Wayuu, no cree que la balanza vaya a inclinarse esta vez del lado de la población:

Lo que tenemos claro es que Colombia ha sido y es un país de derecha, con gobiernos a merced de otras potencias del mundo, lo que obliga a que la economía esté supeditada a países como Estados Unidos. Muchas reformas legislativas favorecen a grupos corporativos. Desde los gobiernos de Samper y Gaviria, la arremetida neoliberal es entregar los recursos del Estado al mejor postor.

Los hombres de La Mina

Está sentado esperando la salida del vuelo que lo llevará de Riohacha hasta Bogotá. Tiene libre el fin de semana para ver a su familia. Este es el único aeropuerto de Colombia donde nacionales y extranjeros están obligados a pagar un impuesto de salida. Es un aeropuerto pequeño pero con tráfico diario porque Riohacha está cerca de La Mina El Cerrejón y de Maicao, el paso del comercio internacional con Venezuela y centro de aprovisionamiento para La Guajira.

Como lo que va a contar lo avergüenza y además “no tiene nada que ver con la operación de La Mina”, dice “paso” a la pregunta: ¿Cuál es tu nombre?.

Esa mina es… es exactamente como dice la publicidad, es un monstruo ¿La has visto?

En un vídeo promocional publicado en Youtube, un técnico de La Mina explica:

Es una de las operaciones más grandes del mundo, para que se haga una idea: la pala de una excavadora recoge 38 Tn. ¡Es como decir que caben 600 personas en su pala! Una sola rueda mide 3 metros y 60 cm de alto.

El joven ingeniero civil que espera en el aeropuerto ha estado reparando, hasta que se declaró la huelga, uno de los silos –también gigante- donde se almacena el carbón antes de ser cargado a los vagones del tren. En realidad, lo que cuenta es un Tabú Vox Populi, una combinación bastante frecuente en La Guajira cuando se pregunta sobre las mujeres wayuu, el narcotráfico o la guerrilla.

Jagüey, piscina natural para el almacenamiento de agua de lluvia

Durante su trabajo en La Mina, ha convivido con muchos trabajadores: cualificados, sin estudios, jóvenes, viejos ennegrecidos por el carbón; de paso o veteranos. Y, claro, ha visto el negocio de la prostitución. El tramo de carretera donde más locales y chicas se concentran es el que une Albania, ciudad minera, con Hatonuevo, Cuestecitas y Mongui, localidades próximas a la entrada norte de La Mina. Hatonuevo apenas son cuatro calles, alguna vieja casa de adobe recuerda que fue fundado en 1840. Sobre la principal, que en realidad es la carretera, está la vida del pueblo: seis hoteles, varias ferreterías, comedores y restaurantes, tiendas de abastos, verduras, puestos de carne… El Pub Cocodrilo’s, el Club Cool, la Barra Bar, un casino y el billar, que nunca falta en las ciudades mineras de la zona. El ingeniero civil habla de un comedor barato y popular cuya propietaria, mami, tiene a su cargo chicas jóvenes y niñas indígenas “a la vista salta que no solo sirven comida”.

Es el otro lado de esta gran operación minera: muchos-hombres-solos-que-pasan-muchos-días-solos-y-buscan-compañía-.

El macho es macho y así es… Yo no opino delante de ellos, queda uno de marica. Pero no me gusta lo que veo. Están como embrutecidos, hay incultura… Y las mujeres que trabajan dentro de la mina… Ufff, les toca aguantar a cada pendejo, también con título universitario ¡Ah no vayas a creer! Uno de mis compañeros lleva 20 años pasando vacaciones con su mujer y sus hijos en Bolívar y viviendo en la mina, con su otra mujer más joven ¡también desde hace 20 años!

Pero eso no es prostitución.

Ya, pero quiero decir que aquí el macho es bien macho y no solo el guajiro. A la mina se viene a hacer plata, a gastarla y a pasarla bien. Y si no hay con quién pues se busca ¿no?

Salud wayuu

Maicao es la capital económica del departamento. Los cambistas de moneda extranjera se sientan ordenadamente en la plaza central, son la bolsa de valores de La Guajira. Entre enero y febrero, pagaban por un dólar 1,730 pesos colombianos y 18 bolívares venezolanos. La ciudad es fea y sucia pero vibra de vida y de dinero. La mezquita Omar Ibn Al-jattab, construida en 1987, recuerda que es el hogar de los primeros comerciantes árabes llegados a La Guajira en la década de los 70. Wayuu y árabes jamás se han mezclado. Cuando los segundos llegaron, desplazaron, con precios más baratos, a las comerciantes wayuu (llamadas camellas porque se amarraban con fajas la mercancía). Raro es ver sentados a la misma mesa a un árabe y a un wayuu; ni hablar de parejas mixtas. La vida es negocio, gente resuelta, gritadera y caos vehicular. Aquí transitan exportaciones e importaciones a gran escala y se compran al por mayor alcohol, tabaco, perfumes, medicinas, ropa y electrodomésticos con destino a La Guajira. En Maicao está la segunda sede del periódico binacional Wayuunaiki (el idioma del pueblo wayuu), la principal está en Maracaibo, Venezuela.

Alejada de ese bullicio se levanta Anas Wayuu o Salud Wayuu, un centro médico moderno, blanco y vigilado. Su directora y doctora, Beda Margarita Suárez, explica que es una Entidad Promotora de Salud Indígena (EPS) “con margen de solvencia y patrimonio”. Está subsidiada por el Ministerio de Salud de Colombia y tutelada por Asocabildos, ente que agrupa a las autoridades tradicionales wayuu del departamento La Guajira. Tiene 112.000 afiliados en nueve municipios y el 70% del personal es wayuu. De los 17 años que tiene el centro médico, los últimos seis están bajo la dirección de Beda Margarita Suárez.

Beda Margarita Suárez, doctora y directora de un centro de salud wayuu en Maicao, Colombia.

Beda es hija de Doña Rosa Linda Aguilar, del clan Uriana, la matrona del lugar, la que bregó incansablemente hasta obtener un hospital para los wayuu: “Que no por ser indio sea malo”. La hija dirige la EPS; la madre, el hospital privado -que lleva su nombre- adonde se remiten los pacientes de la EPS. Es una forma de evitar el racismo. Para mantener una mirada transparente, no prejuiciada, hay que saber que los lazos de consanguineidad son la esencia de la jerarquía y del sistema económico y social wayuu. Anas wayuu está en el sistema de salud nacional que sin el empeño de Rosa Linda probablemente no existiría.

El hospital Rosa Linda Aguilar también es un edificio grande, impoluto. En la pared que hay detrás del guardia de seguridad cuelga una placa del año 1998: Carbón Cerrejón Limited, “si no hubiera sido por El Cerrejón y por Ecopetrol yo no hubiera levantado este hospital en diez años”, lo dice tan clara y tajantemente que no tiene sentido hacer preguntas.

A la EPS pueden llegar solamente las y los afiliados de las zonas urbanas y rurales de La Guajira. A la doctora Beda, le preocupan los índices de tuberculosis y los casos por contagio del virus del SIDA (registró 60 casos, entre julio 2012 y febrero 2013). También la violencia contra las mujeres, en el interior de las familias wayuu -un tabú vox populi- así como los altos índices de muertes maternas, prenatales y de cáncer de cérvix. Describe la malnutrición infantil, las condiciones de pobreza en las zonas rurales, donde se bebe agua salobre, las familias viven en condiciones de hacinamiento, mezclados con ovejos y cabras y se inhala el humo de la cocina de leña. El cuadro general que describe la doctora coincide con los indicadores de Necesidades Básicas Insatisfechas de La Guajira, que sitúan a este departamento entre los más pobres de Colombia. Beda mira con ojos clínicos pero es una profesional wayuu que hace equilibrios entre los usos y costumbres de su pueblo y la ética médica.

Sobre las enfermedades provocadas por el polvillo del carbón, la doctora y directora de la EPS muestra menos rigor médico. En su opinión, primero deberían cerciorarse del efecto causa-consecuencia pero su hospital no será el primero en dar el paso. Bajo su tutela están centros médicos de nueve municipios de La Guajira, entre ellos, los del corredor minero, Albania, Barrancas, Hatonuevo.

¿Qué enfermedades provocadas por el carbón tratan en los centros?

Ellos tienen documentados casos que el polvo tiene contaminado el ambiente y consecuencias de tipo pulmonar y de piel.

Y aquí, en el hospital ¿cuántos casos han atendido?

No, no. Se presentan solamente en la zona de influencia del corredor minero.

¿Puedes poner algún ejemplo de enfermedades que tratan en Barrancas?

En Barrancas, sí hemos atendido todas las enfermedades comunes, gastrointestinales, anemias…

¿Infecciones pulmonares, que es de lo que más habla la gente?

No, no, no. Tenemos casos pero por el humo de leña

¿No por carbón?

No. Lo que pasa es que para yo decir es el carbón debería tener una necropsia o algo que diga esta es la causa, algo ya muy especializado.

Pero necropsia es cuando la persona ya está muerta, ¿no?

Sí, sí…

Dado que en esta zona hay enfermedades relacionadas con el carbón ¿consideras que esta EPS debería tener una especialización o atención especial?

El Cerrejón que es el encargado de la explotación, tengo entendido que hace parte de su responsabilidad social trabajar la promoción de la salud, la prevención de este tipo de enfermedades, de hecho ellos hacen este tipo de actividades al interior de las comunidades en equipos extramurales y atienden a esa población.

Tú reconoces que la violencia física y sexual contra las mujeres wayuu es un tema prohibido y es tan poco visible que se tratan muy pocos casos, ¿crees que ocurre igual con el carbón?

No he hecho este enfoque, estoy interviniendo más en las causas más frecuentes de enfermedades entonces…

Pero la gente de la zona de influencia del carbón no habla de otra cosa, de la contaminación por el polvillo negro, de las gripes e infecciones pulmonares, y seguro que alguno acude al médico…

Sí debe ser complicado.

Necesidades insatisfechas

El wayuu es el pueblo indígena más numeroso de Colombia. 500.000 personas se identifican como wayuu en La Guajira colombiana y en el estado venezolano del Zulia (una franja estrecha en el este de la península que pertenece a Venezuela) es un crecimiento exponencial respecto a censos anteriores. Sin embargo, es un gran desconocido en ambos países porque desde siempre en La Guajira lo que hay son guajiros, más nada. Y el estereotipo todavía da vueltas en el imaginario binacional: el guajiro -hombre– macho dedicado al contrabando, el alcohol, las mujeres, siempre entre lo legal y lo ilegal. La guajira –mujer- sumisa, doblegada y también contrabandista.

La mutinacional El Cerrejón está presente en todas las localidades del corredor minero.

Lo cierto es que en las áreas rurales, a ambos lados de la frontera, apenas hay servicio de agua potable y electricidad o es muy deficiente; nada de alcantarillado; hay niños y niñas sin escolarizar; y los hay que caminan cuatro horas diarias para ir a la escuela y regresar a la casa. En las ciudades hay servicios básicos pero, en general, los ingresos económicos son bajos. En todos los sitios hay violencia física, psicológica y sexual contra niñas, adolescentes y mujeres, pero ni una sola estadística al respecto.

El Estado ha encontrado siempre la excusa de la dispersión para poder atenderlos. Pero yo pienso que es el Estado el que tiene que amoldarse a las características espaciales de la población. De hecho, eso podría prevenir parte de la urbanización, si hubiese agua potable, buenos servicios de educación, salud, no emigrarían a las ciudades, donde viven peor (Weildler Guerra, antropólogo wayuu, ciudad de Riohacha).

Ante este panorama, hay que volver la cabeza a La Mina, al hecho económico más importante de la historia de la península. La actividad en La Mina comenzó a mediados de 1980; las regalías que El Cerrejón ha ido entregando a los municipios colombianos se han esfumado sin que las necesidades básicas hayan sido cubiertas. Desde 2012, el Sistema de Regalías pasó a manos del gobierno central. Muchos esperan que disminuya la corrupción y el clientelismo, piensan que al perder el control directo sobre los ingresos, los gobiernos locales y los líderes y autoridades tradicionales wayuu no pondrán tanto empeño en abrir la puerta a grandes proyectos de extracción de recursos naturales o turísticos. Otros creen que los proyectos serán evaluados en su verdadera dimensión, de tal forma que a los pueblos indígenas no les quedará la “excusa” para aceptarlos. Y hay también quienes dicen que la política de promoción de la minería en Colombia parece una subasta, que vende millones de hectáreas de suelo y de subsuelo del país al mejor postor sea minero, petrolero, gasífero o mineral.

Las opiniones son contundentes y se articulan en movimientos internacionales que dicen no a la mega minería. El pueblo wayuu lleva 30 años viviendo con La Mina; creyendo en sus promesas de desarrollo; y cuyos líderes y autoridades tradicionales, en muchas comunidades, se dejaron cooptar, vendiendo a su pueblo a cambio de un beneficio personal. Pero la autocrítica está comenzando y ya se alzan voces contra La Mina El Cerrejón.

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